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Si hay algo que reúne el más grande consenso respecto de los beneficios allegados por la superconectividad en la era de internet y las ganancias de productividad de la revolución tecnológica es la reducción de los costes de transacción.

Va de suyo que, al abrir internet una ventana al mundo, la oferta y demanda potencial se magnifican como nunca se pudo soñar apenas hace 50 años. Además, la disponibilidad en tiempo real de la información global permite superar en gran medida los problemas de casación entre oferta y demanda fruto de asimetrías de información. Miren sino, por poner un ejemplo banal, un mercado global de oportunidad como E-Bay.

Sin embargo, y en contra de lo que la teoría económica podría sugerir, ello no ha redundado necesariamente en la desaparición de empresas verticalmente integradas. Al contrario, unicornios digitales que reinan en el olimpo de la economía digital como Amazon, en su afán por erigirse en el “suministrador del mundo”, internalizan dentro de su perímetro un número cada vez mayor de negocios que, hasta el presente, eran prestados por terceras empresas. Ahí están las noticias relativas a su ambición por asimilar toda su logística adquiriendo compañías navieras o de transporte y alquilando a largo plazo flotas de aviones de carga, por no hablar de su aparentemente onírica visión de engendrar enjambres de drones para la “última milla”.

Ronald Coase, el genial economista británico fallecido no hace tanto con 102 años, teorizó la justificación de la existencia de la empresa en tanto que entorno cerrado, mercado interno, por oposición al mercado abierto donde casan oferta y demanda. El presupuesto de su planteamiento pasaba por desbrozar la paradoja, asumiendo que el mercado libre se erige en el mecanismo óptimo de casación de oferta y demanda y de formación de precios, del ¿por qué internalizar procesos en el seno de una empresa cuando cada una de sus necesidades podría quedar óptimamente satisfecha acudiendo al libre mercado? La respuesta la halló precisamente en los “costes de transacción”, desagregables en costes de búsqueda de suministradores, costes de negociación y contratación de sus productos o servicios, y costes de supervisión y coordinación para su integración en el proceso productivo de la empresa.

La respuesta reside en que un comportamiento económicamente racional demandaría que la empresa internalizara todos los procesos hasta el punto en que su coste fuera superior a la contratación de los mismos en el mercado una vez agregados los costes de transacción. O, formulado inversamente, una empresa debería externalizar todos sus procesos hasta el límite en el que los costes de transacción de ese recurso al mercado fueran superiores a la fabricación de ese producto o la prestación de ese servicio internamente. No obstante, es evidente que existen otro tipo de argumentos menos economicistas que pueden justificar la internalización de procesos a pesar de su aparente mayor coste en los que no nos vamos a detener.

Pues bien, sumada la premisa de la reducción de costes de transacción aportada por la era internet y la digitalización al paradigma de Coase, deberíamos estar asistiendo a un proceso masivo de desintegración vertical de empresas. Y, de hecho, en muchos sectores así ha ocurrido y continúa ocurriendo.

Valgan con dos ejemplos obvios la construcción aeronáutica o la fabricación de automóviles, donde las empresas (escasas) en ambos gremios apenas hoy asumen tareas distintas a las del diseño, ensamblaje y marketing de su producto, confiando su fabricación a un universo de suministradores que se organizan en forma piramidal, de modo que los más cercamos al cliente final agregan e integran los productos y servicios de aquéllos que se encuentran por debajo en la cadena, y así sucesivamente.

Y, sin embargo, se dan fenómenos de éxito, al menos en España, que desafían la lógica expuesta. Destaca singularmente el caso deMercadona, quien se ha expandido aguas abajo por la vía inicialmente de los “interproveedores”, maquilas que trabajan en exclusiva para ella (al menos en la producción de marcas propias), hasta en algunos caso acabar por integrarlos en su propio perímetro societario. También, aunque quizás en menor medida, la integración vertical es predicable del fenómeno Inditex, al menos en cuanto a diseño, logística y comercialización.

Y me pregunto si los dos modelos de éxito más notables con los que contamos en la piel de toro desafían la lógica de los tiempos hasta el punto de erigirse en un verso suelto de la economía digital, o si su propio modelo es la prueba de que sobreviven en paralelo a la economía digital, siendo esto último más una amenaza que una fortaleza. Mercadona ha confesado recientemente que pierde más de cuarenta millones de Euros en sus ventas on-line, e Inditex directamente no desvela su estrategia on-line y parece que no facilita cifras desagregadas de ventas, representando un porcentaje aún pequeño del total.

Emiliano Garayar
@EmilGarayar

Artículo publicado el 21 de marzo de 2016 en el diario Cinco Días.

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