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Gracias a la tabla de Jobs, que no a la paciencia de su homónimo, cae en mis manos allende los mares una breve recensión en The Economist sobre un libro dedicado a Emprendedores que pretendidamente cambiaron el paradigma de sus negocios (“World Changers: 25 Entrepreneurs Who Changed Business As We Knew It”, de John Byrne). Pueden ya imaginarse que se trata de los candidatos obvios del mundo anglosajón de los negocios.

Pues bien, en un mundo donde literalmente se pone a parir al poderoso, magro alivio de tantas penas que reparten al común, el crítico destaca la recién ganada condición de héroes de este grupo en el imaginario colectivo, frente a las cohortes de villanos refugiados en la Banca y la Política, por poner un par de ejemplos espontáneos que se me pasan por la cabeza (y a él también).

Y ¿qué comparten estos nuevos héroes? -se pregunta- puestos a encontrarles un mínimo común denominador que sirva de argumento para escribir y vender un libro hagiográfico (no lo he leído). Tres condiciones (no necesariamente cualidades) parecerían según el crítico adornarles: (i) ven oportunidades donde el resto ve problemas (parece la definición de una psicopatía); (ii) conviven bien con el riesgo y el fracaso (valientes pero no temerarios); y (iii) rechazan la autoridad en una mezcla de individualismo ácrata.

A la vista de la trinidad empresarial, yo me pregunto ¿qué nos falta (o nos sobra) a los españoles para ser tan emprendedores como los anglosajones y asimilados? Por ausencia de campañas institucionales, propangada, centros varios de apoyo, impulso, consolidación y otros del emprendimiento, no será. La dosis antisistema, también la tenemos superada, y si no, que se lo pregunten a los de Occupy Wall Street, aficionadillos al lado de nuestro inspirador 15 M. Por no hablar de la de individualismo, marca de la casa hispánica. Psicopatías en forma de esquizofrenias también abundan por estos lares, y no solo en la economía o la empresa, sino en muchos otros reinos y, muy marcadamente, en el virtual de la res publica.

Y ¿entonces? Inicialmente creí encontrar la respuesta en la mala convivencia individual del español con el fracaso, y sobre todo en la peor digestión colectiva del fracasado (escuchar el término resonar en mi cabeza, casi me estremece). Lo del riesgo es casi despreciable, porque lo nuestro es el funambulismo, mitad valentía, cuarto inconsciencia.

Pero finalmente me decanto por el síndrome “Lazarillo de Tormes” (me vale también El Buscón). En España se admira al pillo. Hacerse rico trabajando no tiene mérito. Quien, en su riqueza, continúa la labor es un “pringao”, además de ávaro. Quien saca buenas notas estudiando es un empollón, quien triunfa en el fútbol más por su esfuerzo e inteligencia que por su improvisado talento es un proletario del balón, y así un largo etc. resumible en el muy español e intraducible concepto de “el pelotazo”. Creo que nos falla la idiosincrasia española, y, sinceramente, no sé si eso se arregla en la escuela desde muy chiquito… ¡son muchos siglos de la mejor tradición!

Todas las generalizaciones son falsas, y ésta también, aunque cuando el río suena, agua lleva. Mejor hacérselo mirar.

Publicado por @emilgarayar en el blog de Cinco Días: http://blogs.cincodias.com/la-cana/2012/05/idolatrado-emprendedor.html

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