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Esta pretemporada Mourinho, siempre rutilante en su proyección pública, parece que va a encontrarse un tanto eclipsado por el MoU, usurpador bruselense de su futbolístico apelativo. Aterrizó Mou ayer en Madrid, y apenas tres días antes lo había hecho su hoy ya archiconocido homónimo MoU, a título de borrador, eso sí, que todo es precario en esta vorágine pre-estival de la crisis financiera en su enésimo capítulo. Cinco temporadas nos contemplan y la cosa no apunta hacia un pronto final.

Gusta dramatizar. Para algunos, voceros del apocalipsis nuestro de cada día, arribó MoU cual acta de capitulaciones, prueba de nuestra rendición a la fría burocracia de Bruselas, instrumentalmente teutónica y jaleada, en esto sí, por los mercados financieros “amigos” en la pérfida Albión. Allí se hacen públicas las directrices en las que se materializa la “presión” de nuestro Gobierno a los consocios comunitarios con el propósito de empujarles, ante su renuencia, al rescate blando y, por lo que se atisba, por capítulos, de nuestro sistema financiero.

Desde el mismo martes por la noche todo el que tiene a su disposición una tribuna pública o no se ha lanzado a opinar, valorar, criticar, interpretar y, raramente, ensalzar los dictados de Bruselas. No es fácil extraer titulares de un documento tan escasamente sexy como el MoU, pero aún así, no pocos lo han conseguido, apalancándose para ello en la distribución de la carga del saneamiento (accionistas, minoristas preferentados o subordinados, bonistas y otras amigos, además del contribuyente, éste en primera persona); en la nueva ortodoxia de su gobernanza que expulsaría del capital de la nueva banca a las veteranas cajas; en las “resolution schemes” de liquidación de lo inviable (aunque parece que va de suyo, en estos parajes está por descubrir); en los términos de liquidación de existencias, incluidas ciénaga inmobiliaria de Schrek (lo tomo prestado) y joyas de la abuela, junto con los numerosos y escasamente oteados buitres que nos sobrevuelan con la vista y el pico puestos en los “despojos” que con tanto esfuerzo y tesón hemos atesorado; en el reequilibrio, pugna o reparto de poderes entre Economía y el Banco de España; y el otras tantas cosas más que seguro me dejo en el tintero.

Creo que en lo financiero-inmobiliario hemos hecho buena aquella frase erróneamente atribuida a James Dean de vive rápido, muere joven, y deja un bonito cadáver.

Pero superado el ataque de necrofilia, valoro en positivo la condicionalidad macroeconómica del MoU. Precisamente esa que nuestros meritados dirigentes se vienen negando a admitir incluso antes de que nadie se interesara por ella. No me refiero al saneamiento de las finanzas públicas y al cumplimiento de los objetivos de déficit, asunto éste tan manido como la alineación de un 9 español en la Eurocopa (antes de que ganáramos, claro, porque después lo del falso nueve era unánimemente considerado una genialidad). Apunto al párrafo 31 del MoU, incardinado dentro del capítulo VI que lleva por título “Public Finances, Macroeconomic Imbalances and Financial Sector Reform” (Finanzas públicas, desequilibrios macroeconómicos y reforma del sector financiero) y, muy singularmente, al apartado 27.

Muchas de las medidas allí meramente enunciadas ya han encontrado acomodo en el BOE. Precisamente en la parte confiscatoria que poco o nada gusta. Pero junto a ello encontramos el esbozo de un programa legislativo que, de materializarse en los estrechos plazos que se contemplan, supondría atacar por fin cosas que realmente importan para sentar las bases de un nuevo amanecer económico: un sistema fiscal que incentive el crecimiento, en lugar de penalizarlo; una fiscalidad que no estimule el endeudamiento; la apertura del mercado de servicios profesionales; la remoción de obstáculos al emprendimiento; el saneamiento del sistema eléctrico; y unas cuantas minucias más.

Aún más acertado considero el llamado del apartado 27 a que la “non-bank intermediation should be strengthened”, esto es, a incentivar la intermediación no-bancaria. Se podrá decir que resulta obligado habida cuenta de la necesaria liposucción que predica para el sistema financiero español: reducción de capacidad (oficinas, personal, ¿consejeros?), contracción de balances por el lado del activo, menor recurso a mercados mayoristas de financiación y más amplia base de depositantes, abandono de actividades non-core, liquidación de participaciones industriales … en definitiva, un “back to basics” que diría Don Emilio.

Con un entorno financiero como el que tenemos y estas premisas, va de suyo que la tan cacareada reactivación del crédito (bancario) es una auténtica quimera. Mejor reconocerlo antes que después, y no seguir la estrategia de emulación en aquello de querer ver brotes verdes por doquier, para luego marchitarse antes de brotar, que Rodrigo de Triana ya hubo uno y aquél al menos divisó las Indias Occidentales.

En efecto, si la economía española sufre de una severa resaca de sobreendeudamiento, público y, aún en mayor medida, privado; si los balances de los bancos está hipertrofiados y necesitan de una severa cura de adelgazamiento; si ya hemos sufrido el crowding out de los privados en beneficio de los públicos e institucionales; si lo que nos espera es una horizonte de duro desapalancamiento … ¿cómo pretendemos allegar fondos a nuestra economía productiva, a nuestros emprendedores, a nuestras pymes? La respuesta parece obvia y está ya inventada en las economías más desarrolladas: mercados de capitales e inversores privados, institucionales o no.

A mi juicio, de nuestras numerosas dolencias, la hiperbancarización de nuestra economía ha sido una de las peores herencias. Contraída y, en parte, desparecida la tradicional y casi única fuente (bancaria) de financiación de nuestros proyectos empresariales, toca volver la vista a la función primigenia y esencial de los inversores, institucionales o no, de los mercados de capitales, organizados o no, que no es otra que la de procurar una vía para allegar fondos a aquellos que los demandan a cambio de una rentabilidad directamente vinculada a la del proyecto o empresa objeto de la inversión, con transparencia, seguridad y liquidez. En definitiva, dejar atrás esa mentalidad de casino jalonada con episodios de esquema Ponzi que tanto daño ha hecho a la credibilidad de las finanzas.

Resulta imprescindible habilitar urgentemente el acceso a fuentes alternativas de financiación a través de mecanismos no burocráticos, expeditos y a un coste razonable en beneficio de empresas y emprendedores. Ello demanda de un entorno normativo y una regulación facilitadora, una nueva fiscalidad que prime a quien invierta en proyectos de valor añadido real, y, muy fundamentalmente, un cambio radical de mentalidad de los organismos supervisores para que asuman su condición de facilitadores e incentivadores de esas prácticas alternativas de financiación de empresas y emprendedores en detrimento de sus veleidades de Tribunal del Santo Oficio, hoy Congregación para la Doctrina de la Fe.

Las propuestas normativas que conviertan todo esto en realidad formal (ya veremos la material) para el próximo Noviembre. MoU dixit.

Esta entrada ha sido publicada también en el blog de Cinco Días: http://blogs.cincodias.com/la-cana/

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