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Decía un antiguo jefe (de escasas luces, por lo demás) que para él el año comenzaba en septiembre. Cierto, los tiempos de nuestra infancia discurrían al compás del curso escolar. Y así, hasta la universidad y más allá.

Nuevo curso, nuevos retos, o antiguos pendientes, que tanto monta.

Anticipo que la realidad micro va a seguir mostrándose particularmente compleja. Y ello, a pesar del discurso oficial inaugurando el primer año triunfal de la era Rajoy. Aferrados cual náufrago a unos cuantos datos macro favorables (exportaciones, temporada turística, desempleo), que no debemos despreciar pero que habría que contextualizar en su coyuntura y estacionalidad, se pregonará el principio del final del túnel que nos conducirá a un futuro de vino, rosas y bajadas de impuestos.

Y, sin embargo, los viejos fantasmas no se han desvanecido con la canícula.

Depresión de la demanda nacional, que no remonta, como es propio de una población con el desempleo por pandemia, resacosa de sobre-endeudamiento, e inmersa en pleno proceso de deflación interna en el que la merma del salario va bien por delante del ajuste de precios. Todo ello aderezado por reiteradas embestidas fiscales, ora del cigarrillo y la cañita, ora del IVA que todo lo abarca, por no hablar de los rejones en el IRPF.

Otro palo en la rueda: mayor contracción del crédito privado de la Zona Euro. ¿No vendieron los rescates bancarios como palanca de la reactivación del crédito al sector privado? Pues lo que no es, no puede ser, y, además, es imposible (el Gerrita dixit). En pleno desapalancamiento, y con Basilea III y los ratios mínimos del MoU por dogal, sufriendo una tasa de mora en máximos históricos, ¿cómo coño van a prestar más a una demanda dudosamente solvente? Y ¿dónde están los mecanismos alternativos de financiación no bancaria? Con entelequias tipo mercado de renta fija para PYMEs y propinas fiscales para business angels de ésta no salimos.

Es más, anticipo un progresivo pero firme endurecimiento de la Banca en la gestión de su activo y riesgo, una vez que ya han prácticamente asumido en su balance la mayor parte del dolor de las provisiones por deterioro, incluidas las de créditos refinanciados. No se andarán con cataplasmas: reclamación, vencimiento, ejecución… y a concurso, si es menester.

Con tal panorama, el récord de turistas extranjeros no será el único de este año. El de concursos de acreedores me temo que dejará un listón muy alto para los anales. Por descontado que el sector inmobiliario habrá desaparecido tras este tsunami. Pero no solo. Muchas PYMEs del sector servicios siguen idéntica y fatal suerte.

Dirán que esto es lo propio de un proceso de destrucción creativa que alumbrará una nueva economía menos dependiente del ladrillo (y de la inversión y gasto público), en sus más variadas expresiones. Cierto por el lado de la destrucción, pero no lo tengo tan claro del lado de la creación. Con veinte meritorias start-ups tecnológicas no nos convertimos en potencia mundial, ni daremos empleo a los seis millones hoy en su casa. Tampoco fabricando y exportando coches. Ni estirando el modelo de sol y playa (hasta hace poco tan denostado) al calor del “otoño árabe”, por aquello de su primavera marchita.

Y todo esto… sin hablar del Gobierno y sus circunstancias, que son las nuestras.

La solución parece pasar por vender el país (no la marca España, sino sus activos) al inversor exterior, al grito de “barato, barato”; y vuelta a la política de grandes fastos para rehabilitar nuestra maltrecha imagen internacional (Olimpiadas et ali). Ojalá regrese en masa la inversión extranjera directa, traiga financiación y creación de empleo. Pero, sin tejido productivo local, de ésta no salimos ni a la japonesa. Y, cuidado, se está dando por descontada una paz social que no deja de ser una afortunada anomalía, en un contexto económico y político como el de la España actual.

En fin, que tenemos que encontrar la vía “micro” que nos ayude a salir de ésta, por nuestros propios medios, y sin fiar nuestra suerte al “amigo americano”. Mientras tanto, un nuevo trimestre de penitencia, que esperemos sea “de los últimos”.

Emiliano Garayar

Sigue al autor en Twitter: @emilgarayar

Esta entrada también está publicada en el blog de Emiliano en Cinco Días: La Caña

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