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Apuesto por el Banco Malo como la estrella de la actualidad político-económica del otoño “caliente” (imagino que este veranito tórrido es preludio de lo que nos depara en lo social la próxima estación). Incluso por encima del rescate bis, venga blando, duro o en su punto.

Escribo estas líneas encarando la recta final de agosto, en la víspera del Consejo de Ministros en que se anuncia el cumplimiento del MoU en lo atinente a la preparación del guía-burros y del marco legislativo para la puesta en marcha de la Sociedad Gestora de Activos (AMC en su acrónimo inglés), conocida popularmente como Banco Malo. Por cierto, con igual ocasión debe publicarse el esquema de penalización de acreedores subordinados (mandatory LSEs), eufemismo para articular el rejón a titulares de preferentes y demás instrumentos híbridos de capital;  así como el refuerzo normativo de los poderes de liquidación de entidades financieras inviables (a no confundir con insolventes, que éstas hoy son legión). Ejercicio aparentemente vacuo, este último, dada la anunciada intención de no liquidar ninguna Entidad por irremediable que resultare su insolvencia.

Y creo que será la “estrella del otoño” porque en el mismo concurren todos los ingredientes para un buen folletín de este capitalismo de baja intensidad tan nuestro. Todos los sospechosos habituales -política, banca y ladrillo- unidos por su destino en lo universal. Me viene a la cabeza la imagen de Simiocracia pero no quiero ni puedo ser más explícito en su descripción. Llegamos al desenlace del guión que comenzó a escribirse allá por 1998, con el despegue del mercado inmobiliario. No sé si estaremos hoy, agosto de 2012, en el principio del final, o en el final del principio. Por desconocer, desconozco hasta dónde estamos, pero eso pertenece a la ciencia de la ontología y no quiero enrollarme en el dilema de la contingencia del ser.

¿Qué es esto del Banco Malo, ya presente en tertulias de café y salones de poder? En su definición ortodoxa, y siendo benévolos, se trataría de un instrumento que persigue reparar una anormal funcionamiento coyuntural del mercado en su función fundamental de formación de los precios de intercambio por el cruce entre oferta y demanda. Se entiende que la actual contracción de la demanda de activos inmobiliarios a niveles de record histórico, también influida por factores exógenos propios de la Gran Recesión en vigor desde 2007-2008, unido a una sobreoferta fruto del estallido de la burbuja inmobiliaria no generaría un volumen de transacciones de mercado “normales” susceptibles de dar pie a la formación de precios de compraventa coherentes con el valor “real” de los activos inmobiliarios o financieros con subyacente inmobiliario, a la vista de la tendencia histórica y su proyección de rentabilidad a largo plazo. En definitiva, se trata de un intento de alteración (o manipulación) de los precios de los activos inmobiliarios que resultarían de un funcionamiento “no distorsionado” del actual mercado inmobiliario español.

Y eso ¿cómo se pretende conseguir? A través de un esquema de regulación de la oferta. Es decir, embalsando (y puede que hasta embalsamando) activos inmobiliarios físicos y financieros, y dosificando su salida con el propósito de mantener artificialmente un precio (o evitar un hundimiento del mismo) a través de la restricción de la producción o regulación de la oferta en términos de volumen y condiciones. Vamos, el funcionamiento ordinario de los denominados “cárteles de crisis”.

Advertencia: si usted tiene una empresa en un sector en crisis, ni se le ocurra intentarlo porque le pueden crujir a sanciones las autoridades de competencia. Pero esto no es manipulación de mercado, no, esto es “corrección de disfuncionalidades”, que ya se sabe que no se puede dejar a la mano invisible campar a sus anchas, al menos no cuando no interesa al orden establecido.

Una premisa esencial para el funcionamiento de estos cárteles de crisis es que la cuota de mercado de los cartelizados, su poder de mercado, sea lo suficientemente significativo (idealmente monopolístico) para permitirles conseguir y ejercer esa capacidad de determinación unilateral y artificial de los precios y condiciones de transacción, en definitiva, de manipulación de la oferta. Y es aquí donde a mi me asaltan no pocas dudas sobre el Banquito malo español, dudas que de seguro se irán despejando en los próximos días, semanas.

Sin pretender abrumarles con datos en su retiro agosteño, y aún asumiendo que las Entidades ya hoy Nacionalizadas (Grupo 1 del MoU), junto con las que caigan antes de final de año en Grupo 2 y los que vendrían a sumarse en julio de 2013 desde el Grupo 3 por no haber levantado suficientes recursos para su recapitalización en mercado, ostentaran una cuota significativa, e incluso mayoritaria, del riesgo inmobiliario promotor y de activos inmobiliarios adjudicados ¿creen ustedes que la Entidad receptora de esos activos estaría en condiciones de determinar unilateralmente las condiciones de oferta del mercado financiero-inmobiliario al margen de las Entidades que no hayan entrado en el esquema de Banco Malo?

Si han optado por la respuesta afirmativa, les informo de que acaban de ningunear el poder de mercado agregado en el problema financiero inmobiliario español de, al menos, las siguientes Entidades: Grupo Banco Santander (incluido Banesto), BBVA, Caixa Banc, Banc Sabadell-CAM, Banco Popular-Pastor, Kutxa Bank, Unicaja e Ibercaja.

Seguro que me dejo alguno, pero ello solo puede reforzar mis dudas sobre la capacidad unilateral de nuestro nasciturus Banquito Malo de “regular” por si el mercado inmobiliario español. Claro que ustedes con razón podrán esgrimir que en la medida en que el hipotético interés de preservación del valor de su cartera inmobiliaria es coincidente entre Entidades saneadas y no, existiría un incentivo a la concertación siquiera implícita, con su corolario de mantenimiento de precios artificialmente altos para la actual coyuntura.

A ello opongo dos argumentos: (i) dudo de que el interés entre Entidades Sanas y Saneadas sea coincidente; y (ii) la concertación entre empresas, aunque una de ellas sea pública y se coadyuve con ello a la realización de un objetivo de política general, es en principio ilícita y no la debemos presumir (el alineamiento espontáneo a estrategias de terceros es legal). Dejo para una próxima entrada elaborar sobre el “dilema del prisionero” al que a mi juicio se enfrentan en esta coyuntura las Entidades Sanas en su estrategia de realización de activos inmobiliarios o financieros con subyacente inmobiliario.

Y termino por hoy (¡menudo ladrillo!) con la duda de si, vistas las limitaciones conceptuales del Banquito malo que apunto, no estaremos simplemente represando activos inmobiliarios para no venderlos y mal liquidarlos diez años después, esperando a que haya escampado y a que con el paso de los años la memoria colectiva (que es frágil) olvide que un día se adquirieron a un precio que apenas sirvió para vestir una subvención más o menos explícita que tapara la hemorragia causada por los desmanes de muchos en las extintas Cajas de Ahorros, luego SIPs saneados. Financiada la catarsis, eso sí, con una hipoteca social a diez años que deberemos liquidar a vencimiento a nuestros queridos socios europeos.

Ojalá no sea así, porque -Keynes dixit- in the long run we are all dead.

Esta entrada ha sido publicada también en La Caña, el blog de Emiliano en Cinco Días: http://blogs.cincodias.com/la-cana/2012/08/banco-malito-banquito-malo-.html

 

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